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jueves, 19 de abril de 2012

Gato por Liebre

En algún momento del siglo III a.C., el astrónomo griego Aristarco de Samos trazó las bases de lo que luego se conocería como “Teoría Heliocéntrica”, completada y perfeccionada por Nicolás Copérnico y Galileo Galilei, entre otros. Según los postulados de Aristarco, el centro del universo –conocido- estaba ubicado en el Sol y no en la Tierra, siendo esta última la que se movía alrededor del primero, a la par de otros planetas cercanos. Las ideas del astrónomo griego no tardaron en ser tildadas de absurdas por buena parte de la opinión pública helena, fuertemente arraigada al geocentrismo. Casi dos milenios después de que Aristarco fuera el hazmerreír de la comunidad astronómica, la teoría construida sobre sus premisas reinaba –casi- sin oposición en el ámbito científico –y aún hoy lo hace.

Muchas -y muy diversas- son las creencias que cotidianamente afirmamos sin el más mínimo cuestionamiento. Que así es la vida, que qué le vamos a hacer; que vivimos en democracia porque el pueblo elige; que está pesado y se viene la lluvia; que si el agua se hierve se le va todo el oxígeno; que Jesús murió por nosotros, que las brujas no existen pero que las hay, las hay... Lo que tienen en común todas estas ideas es que son fáciles de creer. Fáciles en tanto adherir a ellas no proporciona mayor riesgo de entrar en conflicto, de ser rechazado o desacreditado. Esto es así porque, de la misma manera en que nosotros respaldamos –tácitamente- estas afirmaciones, buena parte de la sociedad también lo hace. Y es mucho más amigable decir cualquier cosa cuando tenemos la certeza de que todos asentirán calladamente.

La imagen que se encuentra al pie de este párrafo puede ser reconocida fácilmente por gran parte de la raza humana. En ella se retrata a Goofy (o Tribilín), personaje animado de los estudios Walt Disney. La identidad de Goofy, compañero de aventuras del ratón Mickey, será nuestro objeto de observación y análisis en los próximos renglones.



Según la opinión mayoritaria, Goofy es un perro. Si nos tomáramos el trabajo de realizar una encuesta en la vía pública, en la que se pregunte a los peatones qué tipo de animal creen que es Goofy, el grueso de las personas –sin contar a quienes nos insulten o se rían de nosotros- afirmará que se trata de un canino animado. Como los discursos dominantes ejercen presión sobre las opiniones, obligando a callar o a modificar su postura a quienes originalmente no adhieran a la actitud hegemónica(1), los que no estén seguros de que Tribilín sea de hecho un perro o teman decir algo factible de ser condenado, responderán, sin embargo, como el resto de los transeúntes. Con todo, aún en los más amplios consensos, existen voces disonantes que, por locura o rebeldía, no temen contradecir los argumentos que la sociedad plantea como indiscutibles. Somos pocos, pero valientes, quienes gritamos a los cuatro vientos que Goofy no es un perro, es una vaca. O un toro. O mejor, un vaco.

Antes de plantear los motivos que nos permiten sostener esta novedosa teoría, es necesario hacer ciertas aclaraciones y concesiones. En primer lugar, los rasgos faciales de la caricatura son fuertemente caninos: el hocico, la nariz negra sobresaliente y las orejas largas se corresponden con la iconicidad de un perro de porte mediano, como el Cocker Spaniel. Por otra parte, tenemos bien en claro que, al tratarse de una serie animada, los personajes no deben adaptarse necesariamente a categorías –o en este caso “especies”- existentes, o al menos no tienen por qué respetar cada una de las cualidades que las definen en el mundo real.

No pueden dejar de observarse, no obstante, ciertas anomalías en la teoría de la caninidad de Tribilín. Y se trata de excepciones lo suficientemente capaces de poner en jaque a la opinión dominante.

La objeción más divulgada, acaso por su obviedad, es que Goofy posee facultades y rasgos no-propios de un perro. En efecto, el personaje camina en dos patas, habla, no tiene cola, usa prendas de vestir y sus extremidades son de una morfología casi humana. Claro, este embate puede resistirse haciendo valer la segunda de las aclaraciones anteriormente mencionadas. La segunda anomalía, empero, complica aún más el panorama.

En las clásicas aventuras de Mickey Mouse no suelen repetirse animales de la misma especie y del mismo sexo. Así, tenemos a Mickey y a Minnie –dos ratones-, a Donald y a Daisie –dos patos-, etc. Es cierto que posteriormente al éxito inicial de la serie animada, se agregaron personajes de las mismas características, pero con el fin único de rivalizar o complejizar a los ya existentes –se crearon a los sobrinos patos de Donald, a los hijos de Goofy, a los enemigos ratones de Mickey-. Lo problemático es el hecho de que, en el mundo de Disney, ya existe un perro, Pluto, quien sí cuenta con todos los rasgos y características caninas de las que carece Tribilín. La contraposición entre el perro estándar de la serie –Pluto- y Goofy, no hace más que poner en relieve la fragilidad de la concepción hegemónica ya citada.

Y si Goofy no es un perro –se preguntarán ahora- ¿qué mierda es? Una última observación puede aclararnos esta cuestión. Como verán en la imagen ubicada bajo este párrafo, Goofy, al igual que sus amigos Mickey y Donald, sentía atracción por el sexo opuesto y, en ocasiones, se lo veía en pareja. Quien lo acompaña en el dibujo es nada menos que Clarabelle, su amante declarada en un puñado de capítulos(2). Clara, por un lado, es indiscutiblemente una vaca: tiene cuernos, orejas y anchos orificios nasales. Por otro lado, como Goofy, anda en dos patas, habla, canta, baila y se viste. Y como Disney era un buen republicano, no creemos factible que haya querido alentar las relaciones interespecie –probablemente se opuso incluso a las interétnicas-.

Lo dicho alcanza y sobra para negar la condición sabuesa de Tribilín. Además, sirve para empezar a pensarlo como a un vacuno macho: completa la pareja-tipo-disney con Clarabelle. El problema es que Goofy no es lo suficiente malo para ser considerado un toro, de hecho los toros graficados en la serie animada respetan los cánones de la zoología. Por esto, en principio, podemos decir sin miedo a ser tachados de dementes, que Goofy es un vaco, un toro metrosexual o una vaca lesbiana-activa. En todo caso, tendremos que esperar a que don Walt despierte de su sueño helado para aclarárnoslo.

Más de dos mil años tuvieron que transcurrir para que la hipótesis –procesada- de Aristarco de Samos fuera adoptada por la sociedad y su sentido común. Esperemos que no pase lo mismo con Goofy y su bovinidad latente.

(1) En este artículo los términos “dominante” y “hegemónico” se utilizan como intercambiables. Lo cierto es que no se trata de sinónimos, ya que lo hegemónico es algo reforzadamente dominante. Pero a los fines de este post, sirve.
(2) Hay quienes dicen que Clarabelle aparece en alguna ocasión emparejada con otro personaje –un toro-, por lo que interpretamos que la relación con Goofy no prosperó.

martes, 14 de septiembre de 2010

Me contó un pajarito...

Pocas veces en lo cotidiano de nuestros días somos concientes de las frases hechas que reproducimos. Ignoramos no sólo su origen, sino también su verdadero significado. Sin embargo, el análisis de los hechos y las circunstancias que dieron vida a lo que creíamos naturalmente nuestro puede hacernos personas más sabias y, de alguna manera, seres mejores.

El Rincón del Gordo Morcilla se enorgullece en presentarles, una vez más, la historia detrás de los refranes o dichos populares. En esta ocasión estudiaremos a la afamada expresión “me (lo) contó un pajarito”, que en el imaginario social es utilizada para hacerse el boludo y dar a entender que determinada información nos fue transmitida por algún sujeto que prefiere mantenerse en el anonimato.

Corría abril de 1950 cuando en la ciudad de Trenque Lauquen, provincia de Buenos Aires, Doña Raquel Monasterio de Monteagudo daba a luz al último de sus cinco hijos varones: Victorino Monteagudo. El niño se destacó desde sus primeros meses por su notable inteligencia y su rapidez a la hora de resolver cualquier tipo de planteos cotidianos. Desarrolló tempranamente el habla y a partir de entonces hizo uso (en ocasiones exagerado) de esa habilidad.

Tuvo una infancia alegre en el pequeño poblado ubicado al sur del territorio bonaerense, adonde poco a poco iba haciéndose conocido por su extroversión y sus destrezas en el campo de la sociabilidad. Cuando el joven Victorino transitaba la adolescencia ya toda la ciudad sabía de él y su reputación era pública. Y fue justamente eso, su reputación, lo que lo haría dar el salto definitivo hacia la memoria colectiva de todos.

Victorino Monteagudo era conocido por ser la persona más chusma de la región. Y no sólo eso: sino, sobre todo, por la calidad, la confiabilidad y el detalle que cada uno de sus cotilleos presentaba. Cada rumor de infidelidad, cada escándalo público y cada acontecimiento de la vida privada de todo habitante de Trenque Lauquen (e incluso de los poblados cercanos), Victorino lo sabía antes. Y lo sabía mejor. Incluso aquellos borrachos que, habiéndose olvidado lo qué habían hecho la noche anterior, iban a preguntarle a él, que con toda precisión podría informarle de sus acciones.

En el pueblo lo apodaron “el pájaro”, dada su pequeña contextura física y la rapidez con la que se iba ‘volando’ a contar el chisme del momento por todo el pueblo.

Poco a poco Victorino se daba cuenta de que su lugar en el mundo era éste: el de alcahuete, bocón, cuentero, botón, vigilante. Y no le importaban las burlas y los agravios, ni en su lejana niñez le habían causado molestia alguna, allá cuando era golpeado por sus hermanos luego de contarle a papá y mamá que Franco estaba fumando, que Raúl andaba de novio o que Mario se había rateado de la escuela.

Así fue que Victorino, en 1973, dos años después de mudarse a la Capital Federal, fundaba su primer revista de chimentos, “Lo que pasa”, Biblia del rumor farandulero. Rápidamente las ventas se propagaron y sus productos se multiplicaron y diversificaron: más revistas, transmisiones radiales y, eventualmente, programas de televisión. Su figura era ampliamente reconocida en el ámbito del espectáculo: los famosos lo interpelaban para conocer la última noticia al tiempo que se cuidaban de no soltarle nada, sabiendo que una vez que el Pájaro Monteagudo se enterase de sus secretos, sería imposible detener el avance del rumor.
Durante casi dos décadas, Victorino Monteagudo fue admirado por muchos, detestado por otros tantos y respetado por todos. En los altos círculos del espectáculo porteño quienes se enteraban de algún rumor y no querían responsabilizarse por el, decían que “se los había contado el pájaro”. Poco a poco la expresión fue extendiéndose y terminó por usarse el “me lo contó un pajarito” cuando determinada información provenía de una fuente externa cualquiera.

Pero es sabido que la luz de los reflectores y los aplausos no garantizan la felicidad. Victorino, llegando a sus cuarenta años, se sentía sólo entre las personalidades de la alta sociedad capitalina. Extrañaba el aire de pueblo, la relación entre vecinos, los chusmeríos familiares. Tal vez fue motivado por estas emociones cuando aquel memorable 5 de agosto de 1989 Victorino Monteagudo vendió todas las acciones de su imperio mediático y volvió a Trenque Lauquen, su amada ciudad natal.

Hoy, a los 60 de edad, casado y padre de dos hijos (ambos relacionistas públicos), es prócer ineludible de los reporteros, paparazzis y demás chusmas que colman las tardes de los programas de televisión abierta y las tapas de las revistas con mayor tirada. El legado de Victorino “el Pájaro” Monteagudo está presente todo el tiempo: cuando nos enteramos del nuevo romance de Ricardo Fort, cuando nos impacientamos por saber cuánto tiempo de cárcel le darán esta vez al Pity Álvarez y cuando un amigo nos dice “no sé, a mi me lo contó un pajarito”.



Victorino "el pájaro" Monteagudo

1950-